14 dic 2015

Los chicos de mi vida.

Cogí mis maletas y me fui de viaje. Fui con un rumbo fijo y mi itinerario planeado, pero sin conocer mi destino.
Los monumentos que había a mi paso llamaban la atención y quise inmortalizar aquellas experiencias, pero ninguno era mi destino.
Pasé por bajas iglesias de longitud inmensa, llenas de feligreses y con amplias decoraciones y modernas estructuras, todo era nuevo.
Caminado por las calles llegué a lo que parecía, a primera vista, un edificio gótico, con altas torres que abrazaban el cielo y con fuertes y grandes piedras formando sus muros. Pero al entrar en su interior vi el engaño, columnas y arcos que no se correspondían con la fachada que el edificio dejaba ver desde el exterior y me frustré.
Vagué por las calles mientras llovía, había tirado el mapa a una papelera y decidí dejarme llevar. Iba callejeando sin buscar nada, sólo tratando de conocer lo que me rodeaba, cuando al girar en una esquina lo vi.
Ante mi se alzaba un monumento diferente a los demás, con una puerta y ventanas amplias que permitían ver su interior desde la calle. Los colores de la fachada eran relajantes y encajaban a la perfección. No era el edificio que esperaba encontrarme en una ciudad como aquella, pero terminé por entrar huyendo del temporal.
El edificio era mejor de lo que prometía ser, cómodo y agradable. La calidez de su ambiente hacía que fuera imposible, incluso, plantearte el salir de nuevo. Me enamoré de la claridad de sus paredes y de la sensación de estar como en casa y lo supe, había llegado a mi destino.

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